
Ira, rabia, impotencia, desidia. Todo se para en un segundo, en esos ojos que me miran atravesando piel, mente y alma. Y la razón se diluye en agua salada resbalando por mis mejillas. El mañana no importa, el yo nunca tuvo opinión en esta conversación, tan sólo existe el ahora… el ahora y no un mañana al que agarrarse, tan sólo un vacío oscuro y neblinoso. Tan cerca y tan lejos, lo justo para decir adiós con una compostura falsa en la que se debe poner la mejor cara que nunca haya utilizado. Da igual el lado de la película, el reparto sólo se hizo en una tarde de enero, como si la prisa intentase terminar antes de haber empezado. Y lo consiguió, nunca nada estuvo tan lejos y sin embargo al alcance de una palabra, de una humillación más, de volver a arrojar las armas a los pies del vencedor como cualquier atardecer de los muchos que ha habido al son del viento sucio, irrespirable y, sin embargo, encariñado con él.
